Mientras Venezuela se retira del Pacto Andino, incluso antes de negociar por completo con MERCOSUR, y al mismo tiempo expresa sus reservas a este último acuerdo mientras promueve una asociación con Bolivia y Cuba, un observador imparcial se ve obligado a preguntarse a donde va todo esto.
Desde la perspectiva hemisférica, es obvio que la visión y los objetivos fijados a principios de los 90 chocaron de frente contra las realidades sociales y económicas de los mismos Latinoamericanos a quienes se suponía ayudarían. El camino de la teoría a la práctica ha probado ser más tortuoso que la autopista que se esperaba.
A todo lo largo y ancho del hemisferio, de diferentes maneras, distintos líderes y movimientos están desafiando –unos más abierta y agresivamente que otros- la sabiduría convencional, incluyendo lo que una vez fue descrito como el Consenso de Washington.
Lo seguro es que las leyes económicas básicas no han cambiado, pero una lección aprendida recientemente es que su aplicación requiere de una dosis enorme de sentido común. País tras país han aprendido –y casi siempre de la forma más dura- que la reforma económica puede ser parecida a remodelar un hogar con toda la familia metida dentro de la casa.
Pasando revista a lo que debe hacerse, podría ayudar si se empezara por evitar algunos de los errores del pasado reciente –entre ellos el de la simplificación en el análisis político y económico, así como la tendencia a etiquetar políticamente todo y a todos en la arena pública.
En primer lugar está la actual tendencia obsoleta de clasificar políticas hacia la "izquierda" o la "derecha", incluyendo a aquellas que invariablemente usan cualquier actitud hacia regímenes izquierdistas como la vara para medir rumbos políticos y económicos.
También parece un error de juicio agrupar todas las tendencias opositoras en lo que fue una vez considerada la ola del futuro en una gran, estrepitosa categoría. Aún peor es la idea de proyectar que todos los que se oponen a la llamada reforma económica y modernización son parte de una gran conspiración para rechazar todo lo norteamericano.
Las experiencias del Sr. Lula en Brasil, Sr. Kirchner en Argentina, Sr. Vasquez en Uruguay, Sr. Chávez en Venezuela, están inspiradas en una variedad de fuentes, incluyendo la declarada "preferencia por los pobres" que proviene nada mas y nada menos de la Iglesia Católica.
La prioridad de tomar más en cuenta a los segmentos pobres de la población está siendo cada vez más compartida por todas las naciones del hemisferio. Es en este sentido, aquellos que promueven integración económica deben volver a las mesas de dibujo y rediseñar planes de manera empezar con todo aquello que debería haber sido el punto de partida.
Cada vez mas las empresas están haciendo esto a través de la región, y la tendencia pareciera que continuará. No puede haber negocios sanos dentro de una sociedad enferma.
En el caso de Venezuela, se ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo en una propuesta llamada ALBA que, cuando se le quitan sus más coloridos adjetivos y algunas generalizaciones, parece no ser más que un llamado de atención a favor de los sectores más pobres de la sociedad. Si la mayoría de las propuestas de integración están concebidas para mejorar a muchos de los más necesitados y multiplicar el empleo, se debe concluir que bajo todas estas hay más similitudes que diferencias en todos los esfuerzos para integrar a las naciones de esta región.
Venezuela tiene la gran ventaja de extraordinarias ganancias petroleras, con la que ninguna otra nación de la región se puede comparar. Sin embargo, este ha sido casi siempre el caso de Venezuela en su historia reciente, con altos y bajos.
Aunque las ganancias petroleras son importantes, por si solas no generan empleo productivo, que es la única forma en que se han desarrollado las sociedades integradas y sólidas del mundo.
Por eso esta bien que Venezuela use sus ingresos adicionales petroleros para tratar de avanzar y nivelar tiempos de oportunidad a favor de arreglos económicos e internacionales más justos y equitativos. Pero basado en múltiples experiencias del pasado, la prioridad debería ser usar estos ingresos extras juiciosamente de manera de crear condiciones sustentables y verdadera productividad.
Si Venezuela puede usar la actual bonanza con resultados demostrablemente positivos podrá ser capaz de proyectarse como una alternativa internacional a propuestas más tradicionales. Pero eso todavía está por verse. Mientras tanto, se debe tener la esperanza que mejorará el manejo de estos recursos naturales y la actual circunstancia económica.
En este momento Venezuela tiene básicamente bastantes fondos excedentes para poner sobre la mesa cualquier propuesta de integración que se quiera discutir dentro del hemisferio. Su riqueza económica es sin duda una importante herramienta para lidiar con las relaciones hemisféricas, particularmente con naciones que están muy lejos de contar con estas ventajas. Pero el dinero constante y sonante no es realmente un sustituto para una buena política.
Para que emerja un liderazgo real de Venezuela, una sociedad sólida debe ser forjada, una en la cual la suma de iniciativas individuales de todos los habitantes de la nación genere una fuente estable y confiable de crecimiento, que no dependa del sistema de altas y bajas de excedentes de energía. Aparte de cualquier ideología o dogma, cuando la realidad se presente, la nación habrá iniciado un camino donde el cielo será el límite. Mientras tanto, no existe otra vía posible para jugadores bien intencionados que no sea insistir en el sentido común.